No existe la perfección, eso es sabido,
pero nos intentamos convencer de que la manera mejor para vivir es ser uno
mismo. Como si supiéramos quienes somos en realidad. ¿Nunca un desconocido te
dijo exactamente lo que sos sin que vos te lo hubieses imaginado jamás? Porque
no somos siempre lo mismo, y de alguna manera reflejamos nuestro interior a los
demás, solo que no todos prestan atención. Y en los ojos, esa especie de
ventana que todos llevamos, el que se anime a espiar conseguirá conocerte. Te
descubrirá en la medida más brutal, más desnuda y más cruda. Y vas a ver en sus
ojos, sus ventanas, lo que llevas dentro, te va a asustar, sorprender,
tranquilizar, no una sola si no todas esas juntas. No es fácil aceptarse, y más
difícil es hacerlo frete a otros. Porque
es muy fácil juzgar desde el cómodo lugar de la ignorancia, y ese es el miedo
que nos acecha a todos. El problema en realidad es en el momento en el que nos
juzgamos a nosotros mismos, en el que cerramos nuestras ventanas y nos quedamos
en el interior. Cuando nos descubrimos por nuestra cuenta, sin la ayuda del
reflejo de los demás, cuando de lo único que nos debemos defender es de
nosotros mismos. Que en realidad siempre, aunque sin saberlo, fuimos y seremos
nuestro peor enemigo.

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